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En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a su hijo en propiciación por nuestros pecados. (1ª Juan 4:10).

Martín Lutero dijo: “Dios no nos ama porque seamos valiosos; somos valiosos porque Dios nos ama”. El amor es esencial en el liderazgo, hay líderes que son excelentes trabajadores, pero tienen dificultad en llevarse bien con la gente. Un buen líder es aquel que fruto de haberse saturado del amor de Dios, aprendió a amarse a sí mismo y le queda fácil amar a otros.

Con demasiada frecuencia olvidamos la verdad básica de que Dios nos ama, con amor incondicional, el cual fue demostrado por Él al mandar a su hijo a morir por nosotros. Quizás hemos aceptado de un modo intelectual este amor ¿pero lo estamos experimentando? Recuerde que usted es una obra perfecta de Dios; que él le amó y nunca le dejará de amar. Permita que el amor de Dios lo sature, enfatice en sus fortalezas, aborde negativas experiencias, como oportunidades para aprender.

Los seres humanos somos muy complejos, llenos de necesidades, con intereses y aspiraciones propias. El líder es quien siempre va delante, es quién “atrae y arrastra”. Esto implica que tendrá que enfrentarse a los que le resisten, a los pesimistas, y a los negativos, y sólo podrá hacerlo, con el amor de Dios, que le permite hallar gracia y buena opinión ante los hombres. La tarea más difícil de un líder es tener una voluntad enérgica, robusta, y dinámica, para afrontar cualquier situación por dramática que sea, pero sobre todo debe estar lleno del amor de Dios (1ª corintios 13:13) y este amor el que determinan la validez y el momento crucial en que el líder toma una decisión; no son los sentimientos, ni la lógica.

Fuente: http://familiacenti.com